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Nick Cave en Rock en Seine 2026: ¡Paris de mierda!

Cada año, a finales de agosto, el festival Rock en Seine anuncia durante cuatro días el fin del recreo de las grandes vacaciones a base de decibelios y buenas vibras. Este año, dos fechas eran especialmente esperadas: la del domingo con la llegada de Robert Smith y su grupo The Cure, y la del viernes con una programación particularmente apetecible. Como broche de oro, el concierto de la noche: el regreso de Nick Cave al festival y a la capital, para cerrar su gira. Promesa de una velada memorable... ¡Y así fue!

El problema de un festival como Rock en Seine reside sin duda en la combinación de una programación dantesca y de la inmensidad del recinto. Imposible encadenar todos los conciertos sin correr una maratón después de cada show, o resignarse a llegar justo para el inicio de las actuaciones con el riesgo de acabar relegado al fondo. ¡Y eso sin contar las elecciones cornellianas entre dos grupos y los cuatro escenarios! El autor de estas líneas prefirió, pues, a Sparks antes que a Kurt Vile, a Wilco antes que a Franz Ferdinand y a La Flemme antes que a The Black Keys, resultando esta última elección totalmente involuntaria, en gran parte imputable a la lentitud de un foodtruck con una ubicación estratégica.

 

Vamos a admitirlo de entrada, encadenar Wet Leg, Sparks, La Flemme y Wilco ya constituía un combo perfecto, tanto por lo a la altura de las expectativas que estuvieron las cuatro actuaciones, aunque demasiado cortas. ¡Así son los festivales! Agradezcamos, por cierto, la organización cuasi militar: cada concierto empieza puntualmente a la hora. A ese respecto, el predicador australiano de voz de barítono que iba a cerrar la velada incluso llegó dos minutos antes. Por suerte, habíamos tenido justo el tiempo de colocarnos.

 

Un león en Cave

22h13: los Bad Seeds invaden, pues, la arena, seguidos por Nick Cave, que lanza patadas al vacío y arenga a la multitud con un atronador «¡Fucking Paris!». Este mantra, repetido hasta la saciedad a lo largo de la noche, enciende a una muchedumbre ya en ebullición ante la vista de la decena de músicos llegados unos segundos antes. Directo, ¡hacia la parte delantera del escenario! Apenas la abandonará durante todo el show, salvo para ir a desatar las teclas de su piano o acariciarlas para unas cuantas notas a lo largo de los temas.

 

Get Ready for Love (el tema de apertura) se presenta a lo grande y, sin duda, amor hubo. Ver a Nick Cave sobre el escenario es una experiencia que hay que vivir sí o sí en las primeras filas. El hombre, vestido de negro de pies a cabeza, es un verdadero león enjaulado que se desata en cuanto los Bad Seeds lanzan las primeras notas a golpe de decibelios. El artista se muestra más que generoso: le encanta estar ahí y adora a su público, que se lo devuelve con creces. Esta noche, el sonido fue perfecto (no se podrá decir lo mismo de las pantallas gigantes) y la voz tan particular de Nick Cave envolvió el parque de Saint-Cloud y a cada espectador presente.

 

El hombre es un posado, mesiánico hasta la médula, y lo adoramos por eso. Sabe domar a las multitudes, que no piden menos. Nick Cave pasará gran parte del show subido sobre los espectadores que lo llevan en volandas, la verdadera seña de identidad del cantante desde hace algún tiempo. Al comienzo del concierto, incluso se dirige directamente a uno de los fans de la primera fila: «Éric, ¡siempre te veo en primera fila!». Cada cual tiene la impresión de asistir a un concierto íntimo, tanta es la entrega de Nick Cave para crear vínculo. A pesar de la multitud reunida (el aforo de 40 000 personas está completo), lo consigue en cada tema.

 

Muchos fans, por cierto, acudieron con palabras personales para entregárselas, que él por desgracia no logra meter en el bolsillo de la chaqueta. «¡El traje es nuevo, los bolsillos aún están cosidos!», se disculpa con una sonrisa. La energía que despliega sobre el escenario y transmite físicamente a los espectadores es increíble. Con más de 68 años, el hombre es mucho más que una simple bestia escénica: hace cuerpo con la multitud.

 

Nick Cave anuncia una última en Saint-Cloud

Los temas se encadenan, coreados por un público encendido al rojo vivo. No hay realmente puesta en escena, el espectáculo lo asegura el cantante, que a menudo lanza su micrófono por los aires, y Warren Ellis, desatado con su violín y un arco que también lanzará más de una vez al aire. Ni el menor momento de bajón. El repertorio resulta, por desgracia, bastante clásico y retoma en parte (y en versión abreviada, cosas de los festivales) el de la gira Wild God. Para la última fecha de su periplo, el cantante no nos ha reservado ninguna sorpresa particular. Los clásicos se alternan con temas más introspectivos. Extrañamente, antes de lanzarse en una sublime versión de Train Long Suffering, el cantante admite un punto de nostalgia: es la última vez, promete, que cantará este tema.

Ironías del destino, es con la letra de su canción más célebre (Red Right Hand, tomada de la banda sonora de Peaky Blinders) con la que se equivoca y tiene que recomponerse. ¡El público estalla y gana un compás extra! Al cabo de casi dos horas, los Bad Seeds abandonan el escenario, presentados uno por uno por el frontman. Si bien se encargaron con brillantez de la parte musical, se habrán mantenido un poco al margen durante todo el show. Solo los coristas, debido a un problema de retorno de sonido, se reunieron a su alrededor para una canción.

Para cerrar el concierto y su gira, Nick Cave se sienta solo al piano y comienza Into my Arms, cuyo estribillo será coreado por el público mucho después del final del espectáculo, de camino a casa… «Gracias, ¡fue un lugar muy bonito para terminar una gira!».

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