Entre la electro de la belga Charlotte de Witte al día siguiente o nuestro primerísimo concierto de The Cure, nuestro corazón se inclinó, obviamente, por Robert Smith y su banda desgreñada y fantasmagórica. En algún punto entre vuestro adolescente acomplejado y vuestro tío raro, Robert Smith es sobre todo, a sus 67 años, un icono. El papa del post-punk, de la new wave, del planeta gótico, una voz indefinible, un look tenebroso al estilo Tim Burton, sobre todo, un songwriter dotado de un aura de la que pocos cantantes pueden presumir. Sin ningún artificio salvo sus smoky eyes y su trazo de barra de labios a lo The Joker.

Burdeos en la Luna
Conocida por su frialdad legendaria y algo estirada (hemos visto jerséis rosas anudados a los hombros en otros gigs de la tierra), ¿iba Burdeos a recibir dignamente al último representante de una especie lunar en vías de extinción, que huye del marketing tanto como de las entrevistas? «Todo está en mis canciones», dejó escapar tímidamente sobre el escenario durante esta increíble gira, que sigue a la publicación en 2024 del álbum Songs of a Lost World, el decimocuarto.
¡Sí! Burdeos se movió. Burdeos cantó (no nos cansamos de los «Vas y papaaaaa, tú puedes, eees buenoonnnnn», lanzados por nuestro vecino del foso). Burdeos estaba en fusión y al unísono. 31 000 personas acudieron a inaugurar este primer festival en pleno centro de la ciudad, en la plaza de las Quinconces, atrapada entre el serpenteante marrón de la Garona y la magnífica estatua de los Girondinos y sus caballos palmípedos, celebrando no a un equipo de fútbol en decadencia, sino a los diputados girondinos y republicanos guillotinados durante el Terror en 1793. Todo ello bajo una noche de luna llena que no podía haber caído mejor.


La versión bailonga de The Cure
Bajo estos mejores auspicios, la fan base del grupo no desmintió su legendaria benevolencia y su mezcla de géneros tan fotogénica: góticos, jóvenes, menos jóvenes (sobre todo), punks, mamás y papás, niños. ¿Código de vestimenta? ¡Negro! Después de rechazar educadamente un sándwich de corazones de pato (el toque local…) en favor de una bandeja de patatas fritas blandas, dirección a las primeras filas para disfrutar al máximo de este concierto quizá único para siempre.
Un concierto de festival pero un concierto de 2h30 al fin y al cabo, con una tonalidad general más bien festiva. Festivo, todo es relativo por supuesto para Robert Smith, cuya energía contenida irradia aun así a la multitud. Los monstruos sagrados del rock inglés desplegaron entonces lo que saben hacer mejor: música sin florituras, cruda, envolvente, atemporal, extrañamente bailable, encadenando en crescendo los éxitos en una atmósfera digna de un cuento romántico y lúgubre. Tras algunos temas con un sonido mal ajustado y confuso, todo se arregla para un viaje que pasará a veces por planetas lejanos, a veces familiares e incluso íntimos, poéticos, o directamente todo a la vez.
Coartífice de los álbumes más extremos y experimentales del grupo (Seventeen Seconds, Faith, Pornography), el cómplice Simon Gallup, con sus brazos descomunales, parece haber nacido para sostener un bajo. Él solo se mueve más que todo el grupo reunido sobre el escenario. Poco importa, la sensación The Cure estaba ahí. Y, como su nombre indica, puede curar vuestro spleen o, por el contrario, aumentarlo, según vuestro estado de ánimo del día.

Por cierto, ¿por qué el tan bien llamado Festival Pagaille? Por la salida, claro. Treinta minutos para salir del recinto del concierto es demasiado en caso de movimiento de masas. O bien el aforo no era el adecuado, o el recorrido. Por suerte, los curistas son los más cool.